|
SALVADOR FERLA era un inmigrante que se nacionalizó argentino. Sólo cursó la escuela primaria y trabajó desde los trece años. Se había apartado de la lucha de clases (en la que no cifraba sus esperanzas): no era propietario de un medio de producción ni asalariado, apenas quiosquero... Murió el 10 de julio de 1986, a los 61 años, en el hospital Muñiz, víctima de una septicemia. Nada de todo lo dicho es original. Sí lo es su obra, ponderable esfuerzo de un autodidacta que publicó cinco libros (uno lleva cuatro ediciones y otros cinco) y centenares de artículos valiosos, comprometidos y (¡aprendamos todos!) amenos. Tuvo el coraje civil necesario para reivindicar el alzamiento de Valle durante una década difícil para hacerlo (1956–1966) y le dedicó su primer libro: Mártires y Verdugos. Fue peronista en los momentos difíciles de proscripción y escarnio. En épocas victoriosas prefirió quedarse en lo suyo o, mejor, consagrarse a la crítica de los obsecuentes, de los verticalistas, del guerrillerismo, del propio Perón... reivindicaba el "peronismo de los peronistas". Fue revisionista, claro. Utilizó el anacronismo para trazar analogías, comparando a Saavedra y Artigas con Perón; a Moreno con los montoneros. Pensó en el pueblo como sujeto de la historia. Escribió una historia de ese "pueblo", al que amaba mucho más que a los "próceres", aún los que elogiaba calurosamente. Se permitió criticar a San Martín, a Rosas, a Perón. Temía las anteojeras ideológicas. Por ello admiraba a Jauretche y lo tomaba como su maestro. Fueron amigos. Aunque no rehuía la defensa personal de sus ideas, hablaba en voz baja. Se sentía más cómodo escribiendo que conferenciando. Lo aterraban la intolerancia y la desmesura, en su óptica, claves de nuestra historia. Leía mucho y opinaba acerca de todo, con desenfado. Con inteligencia y sensatez. Nos halaga pensar que fuera natural su pertenencia a UNIDOS, vocero de una generación posterior, a la que él había defendido en bloque. No debe ser azaroso que nos acompañara desde el segundo número, ni que fuera el único miembro del consejo de redacción con edad para ser abuelo. La "gran" prensa ignoró su muerte: apenas un suelto de siete líneas en La Razón –a tres días de su fallecimiento– o un comentario de su último libro con encabezamiento aclaratorio, en Clarín "Cultura y Nación ". No nos convence el argumento de la "conjura contra el pensamiento nacional": no explica el silencio del peronismo oficial (político y sindical) y de los demás partidos populares. Ni da cuenta de la indiferencia de tantos periodistas peronistas insertos en diversos medios de comunicación. Tal vez pagó el precio de ser libre, de no funcionar "orgánicamente", de no haberse encuadrado en ninguna de las mezquinas sectas que atraviesan la cultura argentina... Decidimos que nuestro mejor homenaje era reproducir sus palabras. Por eso hemos optado por basar este bloque en una selección de textos. Pedimos disculpas: ni la selección da cuenta cabal de la obra, ni estas líneas de su autor. De todos modos, estamos convencidos de que Salvador no las hubiera cuestionado: no aprobaba el ditirambo; su tolerancia era auténtica y sabía ponderar... las cosas hechas con afecto.
CONSEJO DE REDACCION
|